Dublín: Llegar con trabajo no lo soluciona todo

Por: flekyboy

Decidí que había llegado la hora de volver a salir al extranjero cuando recibí una oferta para ir a Ámsterdam. Había actualizado mi CV en Monster y marcado las casillas de Reino Unido, Bélgica y Holanda. Poco a poco, empezaban a llegar a llegar ofertas de países que no había elegido, como Luxemburgo o Irlanda.

Después de cinco ofertas más, me quedé con dos candidatas: Londres y Dublín. A última hora la de Londres se cayó y me quedé solo ante el peligro. Llegué a Dublín por primera vez para la entrevista personal. La entrevista telefónica fue de maravilla y me dio muy buen feeling la compañía. Merecía la pena los gastos del viaje para la entrevista.

Todo fue mejor de lo que me podía imaginar y al día siguiente ya me estaban preguntando cuando podía incorporarme. Tres semanas después aterrizaba en Dublín con dos maletas grandes y una mochila. No tenía mucho más de momento salvo mucha ilusión de comenzar una nueva vida en un país nuevo. Al llegar con trabajo, tenía la sensación de que todo iría sobre ruedas. No era la primera vez que estaba en el extranjero pero esta vez era todo diferente.
Primer paso, reservar un alojamiento temporal. Buscando por internet no había encontrado gran cosa, así que reserve en el único sitio que más o menos tenía buena pinta. Por teléfono no paraban de recordarme que la habitación era compartida. Cuando llegué, encontré dos literas separadas por menos de un palmo de distancia en una habitación en la que no cabía ni un ápice de intimidad. En total había dos habitaciones, dos baños, ocho personas y muy poco espacio vital. Me aferré a pensar que solo tenía que estar un mes, tiempo que había abonado por adelantado, al módico precio de 540 euros.

Durante la primera semana me dediqué a buscar piso a tiempo completo, ya que no empezaba a trabajar hasta el lunes siguiente. Dublín estaba en lo más alto de lo más alto cuando llegué, lo cual se reflejaba en el mercado inmobiliario: precios astronómicos, entrevistas personales para entrar a compartir piso que parecían procesos de selección de las más exclusivas esferas, listas de espera infinitas y llamadas de vuelta que nunca llegaban. Mi objetivo estaba claro, vivir solo. Después de nueve años compartiendo piso sentía que era el momento, además, estaba saliendo al extranjero para mejorar mi vida, no para vivir miserias.

Segunda semana, comienzo a trabajar y descubro la rigidez de los horarios: a las seis las tiendas cierras, más tarde de las siete era imposible quedar con alguien para que te enseñase un piso, lo cual reducía mis opciones a ver uno o dos pisos, con suerte, por día.
Al final de la semana RRHH me informó que como solo había trabajado una semana de Octubre, me la pagarían junto a la nómina de Noviembre, ante lo cual yo no tenía mucho problema, pensé.

Mientras buscaba piso, estaba a la espera de la solicitud de apertura de cuenta bancaria en el Halifax, donde, además de tener que contarles hasta mis más secretos de la infancia para poder aplicar, me dijeron que me responderían en dos semanas. Por el momento no me corría demasiada prisa ya que hasta final de Noviembre no recibiría mi primera nómina.

La noche de Halloween fui a ver un piso en North Circular Road, una circunvalación interior en Dublín. Por teléfono no me quisieron decir el número, cosa que no entendí, así que cuando llegue a la calle llamé y me dijo que el número era el 68. Yo estaba en el 625. Llegué media hora tarde, pero estaba en contacto telefónico constante, por eso me sorprendió que al llegar a la puerta no me quisiese enseñar el piso en un arrebato de soberbia y prepotencia, con la excusa de que ya estaba cogido. En ese instante no era consciente de donde estaba, pero al darme la vuelta me encontré que había un coche estampado en un semáforo, la policía, ambulancias, etc. A lo lejos parecía que había un incendio en un parque, que resultó ser una fogata enorme y los petardos no paraban de explotar. Estaba un poco desorientado pero el aspecto de la gente hizo alertar mi instinto y no abrí la boca. Eché a andar en una dirección que esperaba correcta. Un grupo de unos quince knackers empezó a tirar piedras y petardos apuntándome (estos petardos que suben al cielo y explotan con colores, pero en el suelo). Eche a correr escuchando sus risas e insultos. Los taxis, aunque pasaban libres, no paraban. Dejé de correr cuando literalmente no podía más. Cuando llegué a casa me metí directo a la ducha, ya que era la única forma de tener un momento de tranquilidad y soledad, mientras no paraba de plantearme si esta era la ciudad donde quería vivir. Al día siguiente mis compañeros de trabajo me preguntaban la razón de estar la noche más peligrosa del año en una de las peores zonas de Dublín (Mount Joy Square).

A la tercera semana de ver pisos de mierda por autenticas burradas de dinero, empecé a barajar la posibilidad de compartir, pero los procesos de selección eran duros también y los precios era muy similares a los de vivir en un estudio. El tiempo empezaba a correr en mi contra, no encontraba piso en el que tener una dirección para el PPS number (número de la seguridad social) y si mi nómina llegaba antes de tener dichoso número, los impuestos más altos serían aplicados. Además, el alojamiento temporal había que pagarlo por adelantado en quincenas, así que si no encontraba nada pronto significaba que tenía que pagar dos semanas más. Sentía que la situación se complicaba sola.

El cansancio empezó a debilitarme, entre el estrés y la falta de sueño que me provocaban los escandalosos ronquidos de mi querido compañero de habitación, ‘el alemán’. La falta de espacio, intimidad, seguridad, lejanía, aislamiento y soledad tampoco jugaban a mi favor, como no lo hacía el tiempo.

Los fracasos en la búsqueda de piso continuaban y la opción de meterme al primer cuchitril que encontrase empezaba a rondarme la cabeza. Dejaba mi teléfono en todos los sitios que veía, pero siempre había gente antes que yo y nunca me llegaban a llamar.

Finalmente, dos días antes de terminar el mes en el alojamiento temporal, llegué a un estudio donde no daba miedo vivir, con una cama normal (y no un colchón tirado en el suelo) y en una zona muy agradable. Le dije a la casera que donde estaba la lista de espera para apuntar mi número. No había, era el primero en verlo. Me pidió 200 euros de depósito y apuntó en un papel, de su puño y letra, que recibía el depósito. Mi desesperación era tal que me daba igual si era un timo, seguía siendo la única oportunidad de irme a vivir a un sitio decente y rápido que había encontrado. Por suerte, no fue un timo, era el choque con el exceso de confianza que circula en esta isla.

Entre la fianza, el primer mes, el alojamiento temporal y el mes que llevaba viviendo en Dublín me había dejado unos de 3,000 euros, lo cual hacía que mis ahorros comenzasen a entrar en números rojos.

Ya tenía casa, ahora faltaba el PPS number y la cuenta bancaria. Me dijeron que el PPS number te lo mandan por correo y puede llegar a tardar dos semanas, estupendo, pero no me quedaba más remedio que esperar. El nuevo disgusto fue cuando llamé a ver qué pasaba con mi solicitud de mi apertura de cuenta en el banco y me comunicaron que había sido denegada. Pero si yo no llamo, nadie me dice nada. No podía creerlo. RRHH me estaba presionando con el número de cuenta porque si no, no me podían ingresar la nómina de Noviembre. Les conté mi situación y al final accedieron a pagarme en la cuenta española, lo que suponía un retraso extra de entre tres y cinco días por ser una transferencia internacional. Además de tener que pagar comisiones continuamente para acceder a mi dinero al tenerlo en la cuenta española. Al no tener cuenta bancaria donde domiciliar el recibo de la luz, tuve que pagar 300 euros de fianza. Dinero, dinero y más dinero, y aun me quedaban tres semanas para recibir la primera nómina.

Cuando ésta llegó a mi cuenta española, llevaba más de dos meses sin ingresos, mes y medio de ellos en Dublín y ya me había gastado básicamente todo lo que había traído. Gracias a los impuestos de emergencia, después de pagar el alquiler me quedarían solo 200 euros para pasar el siguiente mes. Eso, junto a los 150 euros que me quedaban en el bolsillo era lo que tenía para pasar Diciembre.

Por suerte, a finales de Noviembre recibí el PPS number, después abrí la cuenta del banco (en AIB, con mi pasaporte y la carta del PPS Number) y conseguí que mi nomina de Diciembre llegase con los impuestos que me habían retenido de más, de vuelta. La carta con la cuenta bancaria y la tarjeta me llegó el día antes de irme a casa por Navidad (el billete me costó una barbaridad porque lo compre a finales de Noviembre) así que al menos me pude ir a casa a relajarme. Sentía que ya estaba todo hecho, que a la vuelta todo iría sobre ruedas.

A la vuelta empezaron las visitas, que agradecía por supuesto, pero significaba dinero cuando aún no había empezado a recuperarme. Para rematar la faena, en Febrero, me puse malo. El GP me tuvo tres semanas esperando y esperando hasta que al final colapsé y acabé en el hospital por una semana. Ahí descubrí otro gasto que no tienes en cuenta cuando sales de España: la sanidad. Entre antibióticos, hospitalización, urgencias y demás la cuenta ascendía a 6,000 euros, de los cuales me tocó pagar unos 1,500. El resto lo cubría el seguro médico. Todo esto fue mala suerte, pero, ¿quién está libre de ella?

En resumen, en menos de cuatro meses tuve que hacer frente a más de 5,000 euros de gastos. Siempre digo que eso es lo que me costó mudarme a Irlanda. Quizás tuve mala suerte, aunque creo que en realidad no fue tan mala. Supongo que pequé un poco de incauto pensando que como venía con trabajo, en un mes empezaría a cobrar y no tendría problemas para afrontar los gastos de la mudanza, pero no podía ver venir el estar tantas semanas sin cobrar con un nivel de gastos tan elevado, sobre todo por culpa del altísimo nivel de esta ciudad. También la época en la que me vine era la que tenía los precios más altos.

Por eso, cuando escucho a la gente decir que se viene a buscar trabajo con 2,000 euros en el bolsillo siempre pienso que es un suicidio, lo cual no significa que sea imposible, pero bonito tampoco.

En resumen, después de seis meses me di cuenta de que aun no había empezado a disfrutar de Dublín, que mi agenda telefónica seguía prácticamente vacía y que esta ciudad no me ofrecía nada nuevo. Aun no tenía una rutina y seguía sin sentirme ‘en casa’. Los siguientes seis meses empezó la cosa a funcionar mejor. Empecé a conocer a gente, de la cual se ha ido marchando la mayoría. Empecé a crear mi espacio y mi sitio en esta ciudad, y sobre todo, empecé a sentirme como en casa. A la vuelta de las navidades del segundo año fue cuando me di cuenta que, por primera vez, me sentía volviendo a casa al regresar a Dublín.

Por eso ahora a mis amigos que se han ido fuera, el único consejo que les doy es que se preparen porque durante los primeros seis meses se puede llegar a pasar muy mal y que se hagan a la idea que, durante el primer año, estarán más bien solos. Si tienen más suerte que yo, ya me dirán que si soy un exagerado o lo que sea. Pero a mí, si alguien me hubiese avisado, habría habido muchas situaciones que no me habrían golpeado tan fuerte. Lo mío fue ingenuidad pura. Pero en definitiva, no me arrepiento de nada. Ahora solo espero al próximo cambio de país. Seguro que me pillará el toro por otro lado, porque en esta vida nunca se deja de aprender nuevas cosas.

Gracias a todos por leerme.