Aquí estoy, en Santo Domingo, donde queda santificado el día del descanso semanal. A mí el nombre de esta ciudad me viene al pelo. Santo-Domingo. Mi vida en este lugar es un domingo tras otro… el descanso semanal no es tal, disfruto del descanso a diario. Claro, no trabajo (¡qué más quisiera yo! Pero eso es harina de otro costal)
Así las cosas, con exceso dominguero en mi día a día, decidí poner un martes y un jueves a mi vida para darle color a la monotonía dominical. Me apunté a un curso de portugués.
Y que bien hice, oye. La de cosas que estoy aprendiendo… sobre todo español… dominicano, no faltaba más.
El primer día de clase mi profesora brasileira se presentó con un “Olá! Bom dia!”. “Qué bien se entiende… esto va a estar chupao”, pensé. Pero que inocente fui, no sabía yo en la que me metía. Claro, ¿Cómo iba a saber? Si todavía no había tenido el placer de conocer a mis “falsos amigos”. Qué falsos y que dañinos son los jodíos. Malos como la quina.